domingo, 12 de septiembre de 2010

Seducción profesional

Alguna vez platicaba que la seducción se inmiscuye en nuestras vidas dentro de lo más cotidiano.

Recuerdo cuando escribía mi tesis, es más; antes de eso, cuando me preguntaban qué tipo de investigación efectuaría para titularme y yo comentaba: algo relacionado con la poesía. Me gustaría trabajar el poemario de alguna mujer, pero no se cuál.

Acto seguido era pregunta obligada ¿Trabajarás problemas de género y marginalidad?

Respondía que era justamente eso lo que no quería hacer . La poesía es de la persona, del individuo, sí de hombres y mujeres pero, más allá de esas divisiones, humana.

Pasado un tiempo, escogí el libro Un lugar ajeno de Tedi López Mills y descubrí cuán seductor podía ser el espacio poético. Quise proponer una lectura para ese lugar ajeno, sólo eso. Más adelante descubrí que todo el tiempo estamos haciendo lecturas del otro, de los otros y reconocí que ese había sido mi objetivo en la tesis, quizá lo más orgánico de la carrera de Letras, proponer una lectura de un poemario, a partir de su representación como espacio, como tiempo.

Lo que me seducía entonces de la poesía, era su posibilidad de lecturas, no su análisis estructuralista. Es un error pensar en un libro como un experimento fijo. No se puede poner a prueba literariamente una única forma del decir o el escribir, por eso la teoría humanista es un juego constante de destreza seductora; tienes que seducir a tu lector, a tu sínodo, tu asesor, con la propuesta que defiendes, con la lectura que haces del mundo.

Eso fue para mí titularme de la licenciatura en Letras Hispánicas, un juego de seducción de la palabra, en la que no había otra cosa que retroalimentación entre cada uno de los participantes.

Ahora recuerdo a un personaje de esta ciudad capitalina llamado Oliver que dejó a la música seducir su proyecto de tesis de Arquitectura, o a Mariana que dejó a las patinetas entrar en una tesis de Comunicación; a Cesar, que se enfrentó a la crítica filosófica tras invitar a un doctor de Estética a leer su tesis sobre la poética como verdad; a Lidia, que hizo llorar a una sinodal en su examen, al desdecir del amor en Borges; a Ricardo argumentando sobre Paz y Celán, sobre tener el decir poético en la frente o en la boca. Recuerdo también a Dellamary defendiendo apasionadamente las clases de estadística lingüística y a mi primo Enrique hablando de Agaves y mezcal en su examen de maestría en Biología.

Ante todo esto me pregunto si alguien puede resistirse a inmiscuir en su vida profesional aquello que le seduce. Me lo decía Jorge; hay que buscar el equilibrio entre lo que amamos y el objeto material que nos hace mantenernos día a día. Luego pasa, que lo material nos jala, nos vuelve abominables, nos vuelve seres dentro de nosotros mismos, para nosotros mismos y entonces aparece el otro rostro de la seducción. Los niños de la calle a los que seduce un adulto para que trabajen a su servicio. Les prometen dinero, les prometen sacarlos adelante y ellos viven en este tráfico de promesas. Así también nos prometemos a nosotros mismos, nos ponemos fechas para finalizar algo, nos abstraemos o nos autodestruímos en lo que nos orgullece el ego, sin darnos cuenta o dándonos cuenta pero valiéndonos lo que diga el mundo…

Nos seducen los anuncios de aparatos que te prometen cambiar la figura, la telenovela donde el personaje protagónico se casa por venganza. Nos tratan de seducir los anuncios del buen gobierno y la prosperidad.

La seducción siempre será un arma de dos filos. Un tráfico de expectativas, de sueños, de posibilidades.

Lo mejor sería amar y ganar siempre en lo que hacemos. Entonces volvemos al juego de destreza, que va más allá de cualquier profesión: humanista o técnica. La profesión se vuelve seducción. La seducción se vuelve convencimiento y vocación.

El humano y sus relaciones se cumplen diariamente en un círculo de atracción.

Ahora pregúntate ¿Qué tipo de seducción practicas? ¿Por quién o qué te dejas seducir? ¿Qué te da miedo que te seduzca? Y descubrirás detrás de estas preguntas, la seducción de lo humano, que se empeña por darle a su identidad un nombre, un ser.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La brevedad en el pecho


"Il existe depuis trés long temps une inmense secte d'imbeciles
qui opposent sensualité et intelligence"
Amelie Nothomb
"Existe desde hace mucho tiempo una inmensa secta de imbéciles
que oponen sensualidad e inteligencia"
La traducción es mía


Quizá la mejor forma de hablar de seducción sea no hablar de ella, sobre todo si al hablarla recaemos en comentarios tales como: “la seducción sólo es sexual…”

Ella, está en todas partes; en la tableta de chocolate que come el niño y en la ambición política.

Alguna vez una de mis hermanas me dijo que el hombre que quiere intimar contigo, te lleva a esa situación sin redundar en palabras. Así, en esta misma precisión, es que se tiene la brevedad en el pecho. Sí, por herencia tengo la brevedad en los pechos.

El juego de la seducción ha de entenderse en breve, o en el más profundo silencio del gesto y el cuerpo.

Mamá me contó que terminó con su primer novio, cuando él le expresó que era extraño que saliera con una mujer como ella, cuando hasta entonces había tenido puras novias chichonas. Cuando conoció a papá y le contó tal suceso, él le llevó una revista donde aseguraban que las mujeres de senos breves eran más inteligentes que las de senos grandes. No investigué mucho al respecto, pero el detalle fue bello y lo conservo en la memoria como parte de las hazañas de conquista de papá.

La seducción es alimento. Viéndola así, incluso es sagrada.

Desconfío de los hombres que desprecian la sexualidad de una mujer por no tener senos grandes. Tan hermosos puedes ser los unos, como los otros. La sensualidad va más allá de los cuerpos.

Preferible la brevedad que la silicona, eso es un hecho. La brevedad es una virtud, tanto como saber llenar una hoja en blanco, con las palabras justas a dicho espacio.

Me imagino entonces, con la cabeza de un hombre que ame recargada entre mis senos, después de hacer el amor. Mis dedos jugando con su cabello...

¿Quién dijo que los sentimientos sólo se declaran con palabras?