miércoles, 22 de febrero de 2012

Druk



El río se enmascara,
el agua gira,
toma forma,
las piedras rugen,
los ojos del dragón me observan;
en ellos bailo,
en su espejo cobro forma.

Me reflejo en la esfera del mundo
que luego desliza
convertida en gota.
Me disuelvo; parte del torrente.

El viento amaina.
Mi reflejo corre con el dragón
en su danza de sombras.

Toco las ondas con mi mano,
se vuelven insondables a mis dedos;
los llevo a mi rostro,
siento el líquido recorrer mis mejillas
humedeciendo mis ojos.

El dragón me hereda sus lágrimas dulces
para purificarme la mirada,
los recuerdos, las emociones...

Los dedos descienden hasta el cuello,
una gota se cuela por el pecho,
se absorbe en el corazón;
escucho el pulso de los latidos,
se distienden, danzando

Voy tras del río y su máscara.
Mi corazón exhala fuego,
el dragón lluvia.

La fragilidad del agua toca
la flama apacible;
el corazón frena sus pasos.

Asomo mi rostro al agua
y el reflejo de mi mano
acaricia la mejilla real;
me estremezco.

El río me coloca la máscara;
desde sus ojos observo las vivencias del dragón;
los rostros que se han reflejado en su esfera ocular
hasta llegar al mío.

Me quito la máscara
y la devuelvo al río.
Las piedras cambian de sonido.
El río es el transcurso de las vivencias
que desembocan al mar de la memoria.

El río sigue su curso,
insondable como el dragón y el tiempo
llevándose el reflejo,
que apenas ayer
era sólo mío.