miércoles, 30 de julio de 2008

Anotaciones

A veces pienso que escribir por escribir es artilugio, ni siquiera el artificio que cuando menos asiste a su contorno verídico. El artífice sabe que le da forma a algo, el artilugio no podría terminar de definirse. Alguna vez me decían que escribiera de mis sueños:

Nunca lugares conocidos en la aparente realidad, "Los verdaderos lugares nunca están"... Así se dibujan ciertos espacios.

El sueño con amigos que te revelan algo sin recordar la revelación es un misterio de mi inconciente, o una mitomanía en la que no se sabe realmente si aquellas palabras revelaban o por el contrario buscaban librarse hasta el olvido: un mito de tan redudante insonoro. Pocas veces recuerdo lo que dicen en un sueño, cual si fueran películas mudas. Pocas palabras me llegan de allí. Es otro el lenguaje de mis sueños. Ellos se registran de acuerdo a lo sustancial. A lo que despojan, a lo que deben mantaner. Son sueños callados, discretos. Meditasueños que se quieren mundos.

Por eso otro tipo de sueño son los viajes, donde abres los ojos en un lugar determinado, lo recorres, lo habitas lo haces tuyo y emprendes el viaje de regreso al sitio de origen.

Pero acaso escribir por escribir y confluir en los sueños, o en lo que fue el viaje. He soñado pocas veces que escribo, como pocas veces escribo en el viaje; más bien luego de su cause en la cascada de regreso. Así con ambos sueños: el del viaje "terrestre", y el del viaje "nocturno".

sábado, 19 de julio de 2008

Borrador de apariencias

Camino: lozanía. Ambulancia de sirena pasajera. El héroe trema en camilla y no es el canto a la escucha, plegaria que necesiten oídos. Todos mitos robados: ni Grecia, ni la India, ni China, ni Jerusalén o Antártida; y los cantos de un pasado soterrado resultan cosa vana. No es en su reflejo invento o asecho, no canto de flores marchitas, ni flores perdurables, ni silueta. "Sí tan sólo llorar pudiera me iría a la mar, a la mar disuelta en arena, a la mar, si tan sólo llorar pudiera, me regocijaba en llanto", se cantaba. Muerte, mito cercano o semblante que desaparece espejos. Y no es quien quiso no, ni sombra de libros leídos, ni el escudo de los un mil títulos que reconocen obra y fortuna. Fortuito hombre liberador de nudos concéntricos en Av.General, título de doctor por demostrar que no caben 100 000 personas en el zócalo. Cuarenta torneos ganados por 50 caballitos seguidos sin caerse."Acto heroico", le repetían amigos, familiares, conocidos, de acuerdo a sus autoproyecciones o intereses. Ella le quita esos espejos, él percibe apenas imagen; y el azul oscuro, el vino, el gris, el blanco, el negro.
El oficial hace unas anotaciones. El cuerpo es levantado del piso. Mirones quieren hacer tumulto. El héroe cuela su mirada tras la ceniza de gente. Las manos de un niño tapan su rostro, los dedos mojados de lágrimas. No lo recuerda: ni familiar, ni amigo, ni conocido. Un hijo en Estados Unidos, la esposa en provincia, un sólo amigo presente que lo observa sin que él lo percate. El niño se aleja con el rostro entre las manos. Una mujer lo llama, el niño acude. En los brazos de su madre llora más fuerte, llora inconsolablemente. Y el hombre siente agua sus ojos, la paladean pestañas; y el brote vuelve a cerrarle la vista. Su rictus se detiene en el soplo del regocijo. El héroe no respira, tres lágrimas bajan por sus mejillas.