lunes, 28 de marzo de 2011

Escrito en un tronco-banca, bajo un árbol del camino Godot, del bosque "Domenial de Compiégne".

Estoy sentada en un viejo tronco caído que para algún astuto sirve de banca,
o para leer antiguas historias sobre amores de años de Troya.
Esa realidad me toca y yo la toco, sí, pero ella está segura y yo,
sólo dejo al canto de los pájaros dar claridad a mi presencia.

El sol me dibuja el rostro,
su lápiz de luz
me hace camuflaje del bosque.

Viernes 25 de marzo del 2011. Camino Godot del bosque Domenial de Compiégne.

Escrito en una banca a orillas del río Oise, al atardecer, con rotulador azul

Un pato cruza el río.
Los árboles asoman sus hojas: La primavera.
Los aviones dejan su estela en el cielo.
En las nubes quedan guardados los destinos.
El río da otro nombre a la ciudad,
el río da otro rostro a la ciudad.

El sol es otra estela,
otro destino.
Los árboles, de nuevo,
¡ah!, asoman sus hojas,
refractan su cabellera
en el agua y el agua es una ciudad
de árboles, reflejada.

El río es la sonrisa de esta ciudad,
la cauda de esta ciudad.
El río es el caudal que cada estación
se sueña igual.

Sin embargo, en estas estaciones,
el río quedó atrapado en un recuerdo,
escrito con rotulador azul,
en una libreta maya,
donde ahora nada un pato,
cantan pájaros,
el sol se oculta y,
atardece.

Otro día abriré los ojos
y no estará el río,
ni el río podrá verme.

Él quizá no sepa que estuve en su orilla
que escribí su nombre: Oise,
en una libreta
y que en ella guardé todos los árboles
que se miran en su orilla,
la ciudad,
las ondas de agua que algún pez traza,
en el fondo.

24 de marzo del 2011, Compiégne, Francia.

Un poema, si lo es acaso, escrito en el tren a Strasbourg el 26 de febrero del 2011

El tiempo es el sucesor del hombre,
hereda el cúmulo de sus sueños y pesadillas,
el polvo de su historia que elabora señales
como el humo.

Acaso cronómetro o calenda,
secuencia de los días,
o un dios que mueve las manecillas.

Ni la ciencia cierta conoce el paradero del tiempo.

Aún así, tiempo y hombre caminan juntos,
salvo cuando el hombre sueña;
allí, el tiempo se detiene, lo observa
y curioso colecciona,
los fragmentos de sus sueños.

Notas de invierno en un tren a Namur, el 24 de diciembre

La nieve es la soledad de los árboles sin sus hojas.
La nieve consuela la falta del follaje.

La nieve es luz blanca de invierno

Cuando viajas en tren,
descubres estaciones desconocidas a sitios desconocidos;
y descubres, también, las estaciones del tiempo de la Tierra,
disolviéndose en la ventana.

Desde el tren,
las ciudades del hombre se confunden
con los paisajes de la naturaleza.

Hay un reflejo de mi rostro en la ventana del tren
que observa y curiosea mi asombro ante el paisaje.