viernes, 27 de febrero de 2009

Quinto paraje de los días sin nombre

A Ricardo

Hoy encontré en una Antología poética una carta que debió llegar a la tía Bertha, pero por causas que desconocemos quedó olvidada y ahora le pertenece al libro Poetas de una generación 1950-59, de Escalante. La leí. Me considero metiche, aunque no llevo los resultados de mi metichismo muy lejos, es mera curiosidad interna la gran mayoría de las veces o aquella sensación de hormigueo al penetrar en algo que nos es ajeno. Una carta olvidada en un libro es un acto bastante poético: su olvido, su falta de sentido al lado de lo que leemos, y su total sentido en el abandono de sí misma. Le comenté a Memo, con quien trabajo en Filológicas sobre mi hallazgo, y me dijo que la dejara allí, que esa carta le pertenecía al libro, que él había encontrado alguna vez otro en la biblioteca Samuel Ramos, con una carta que decía que aquellos libros (suponemos que eran más pero aquel tuvo el don de la nota), eran donados a la biblioteca para ser aprovechados por los estudiantes, que su dueño se quitaría la vida pues ya no podía más... "La dejé allí", me dijo, "ese libro ya no es sin esa carta. Esa carta es parte de él como cualquiera de sus otras hojas" Así, mi querido Principito, está carta quedó olvidada en "Los parajes sin nombre" Algún día te toparás con ella; sabrás que esas palabras son para ti, pero le pertenecen igualmente a los parajes, y volverás a escribirme en otra parte o apartado: "Cuando uno hombre se pregunta por quién es, se queda sin respuesta" "La poesía es un misterio en ese sentido y por eso es bella" y seguirás "Esa carta es bella porque le pertenece a ellos, aunque halla sido dirigida para mí, aun así la amo."

Quizá equivoco tus palabras o tu rostro cuando leas que ya no sé que decirle al bufón cuando me dice que ya no soporta a Cirro, que a cada rato le pregunta por su nombre, el cual posee pero ha dejado de importarle en los parajes. Ya no sé que decirle, me dice que se siente acosado. Que además, ese sujeto de contador no tiene un pelo, que sospecha que está frustrado de alguna otra materia. "Le pregunté, me dijo" "Mis padres me prohibieron estudiar filosofía" y, continuó diciéndome "¿Qué hago yo con un hijo de mami y papi que no supo renunciar e imponerse al qué dirán de sus padres? Es un hombre amargado. He intentado hacerlo reír y no puedo. Ya sabes que generalmente cuando uno quiere a drede hacer reír a alguien no lo logra, y saca la carcajada cuando menos lo espera y con el comentario más absurdo que pudo ingeniarse. Por otro lado me hace pensar mucho. Los contadores por lo normal se dedican a sus números. Son seres terrenos. No andan como yo: bufón al que se le frustró la poesía, piense y piense y piense. Yo me volví anacoreta para dejar de pensar, y ahora me toca estar al lado de éste, que no sirve más que para quejarse de que no recuerda, y de que el pasado, y que la historia y que su tía en pantaletas..."

Yo no puedo más que reírme ultimadamente de todo aquello a lo que no le hallo solución cercana "Correlo de tu caverna"...
"¡¿Cómo voy a hacer eso?!, soy hospitalario. No te voy a mentir que el hombre me bajó a la tierra tres días antes de alcanzar el nivel Ajuaru de la meditación ¡No sabes lo que es eso! ¡Horas y horas de concentración! Además tuvo la indecencia de recordarme todos mis deseos humanos. Eso quiere decir que mi concentración no ha servido de nada ¿No te conté esa discusión cesuda sobre los personajes y la vida que tuve con él? Sentí que se me fundía la mitad del cerebro después de hablar con él. Fue la peor función de mucho tiempo. Y él además quería mostrarse superior en cada respuesta a mí, como si me importaran las competencias. Lo bueno es que uno aprende de todo. Para usar palabras petulantes: yo soy un sardónico y él un sicofanta... No pienses en el refresco, a ser verdad nunca superó al Crush, ¡ah!, su botella funcionaba como güiro..., ¡qué maneras de perder el tiempo fingiendo música! Yo como ya no me apego a los objetos y sé que tu no tomas refresco más que en días festivos y prefieres jugo con piquete, no te calentará ni enfriará demasiado mi comentario..." Y así siguió. Para esto, Cirro no lleva ni una semana en su caverna... "No lo soltaré hasta haberlo visto en el piso tirado de risa"...

Yo le comenté que no fuera tampoco pretensioso, que igual no era él del tipo de humor del otro... "Igual no eres su tipo", proseguí... "Pero es que..., sí tienes razón pienso demasiado, pero tu tienes culpa de eso" ¿Yo? le dije, ¿y porqué yo? Podrías correrlo si quisieras. Hacerle un mapa de como llegar a la montaña. Darle la vuelta... "Pero si la caverna es chica. Me acostumbré mucho a estar solo. Además es expansivo el hombre. Ha sabido ocupar toda la caverna con sus triques. Me ha dejado un montículo de piedras para mi" Y así continuó. Y pues le diré que medite sobre eso, aunque sé que pensará que me burlo de él. Luego me dijo "He pensado en tratarlo de tal forma mal que se vaya por mi maltrato" Le comenté que no haría semejante cosa, ajena a sus principios. "Los principios uno los cambia a su antojo" No siempre, asumí. Tu tienes un visitante en casa y es preciso que por ti no quede atenderle.

Seguro tú le dirías algo mejor que yo, o de menos le pondrías tu mano sobre el hombro y lo frotarías cariñosamente como sueles hacerlo diciendo "No te preocupes. Todo irá bien" y luego se reirán de darle importancia a algo tan sencillo como esperar a que el tiempo de partir llegue.

No se quedará para toda la vida, le dije. Eres bufón, sabes del humor o ¿ya olvidaste tu también? Aliviana, algo te dejará, por lo menos saber que sicofanta no es alguien que estudia la mente humana mientras bebe refresco de naranja. Se burló de mi simpleza, pero pues ¡bah!, yo no estudié para bufón, de pronto me sale algún chistorete y de pronto gano algún segundo lugar en eso y no me quedo en el quinto, pero bueno. Ya viene la primavera ¿qué tal sigue el frío? Aquí ya empieza a hacer calor. Wow, mira nada más lo que sale a cuento en una carta y yo que más bien quería saber como estabas... Proyecciones, proyecciones.

Abrazos.

P.D Espero te vayas perfeccionando en el francés y en el beso francés, je je..., y que ya te hayas hecho de un aventurario donde pueda mi metiche nariz leer sobre tus andanzas por Paris y Strasbourg a tu regreso.

domingo, 22 de febrero de 2009

Cuarto paraje de los días sin nombre

—Veo que siempre hay alguien dispuesto a ser otro a quien es.—

—¿No me crees entonces que soy asceta?—

—No. Me parece que sigue siendo un bufón—

—¿Acaso no lo eres tu también, y todos alguna vez?

—No me ofenda.—

—No lo estoy ofendiendo. Más bien usted tiene muy mal sentido del humor. O acaso será que me acostumbré tanto a hacerme reír a mí mismo, qué olvide cómo hacer reír a los demás.

—Quizá las risas que causaba eran fingidas.—

—¡Eh, quién ofende a quién! ¿Y bueno, ya que usted lo recuerda todo...? ¿Quién es usted y de dónde viene...?. —

—Cirro. Y soy del Norte.—

—¿Qué parte?, Ciud, Rumán..., Isud.—

— ¿Qué nombres dice? Los desconozco todos.—

—Entonces usted viene de otro Norte, pero no del Norte que conozco.—

— A ser verdad no reconozco estas tierras. Parecen un desierto..., un desierto sin órganos...—

—¿Y eso no te da tranquilidad?—

— ¡No por dios! A quién le causaría tranquilidad amanecer en un lugar sin nombre, donde todos quieren fingir que han olvidado. Donde Irak ha desaparecido del mapa, donde no ha habido cambios políticos, donde no hay un periódico que te suelte una mentira, ni una crisis.—

—¡Qué tipo negativo! Yo conozco a alguien a quien los transportes sin órganos le provocan pasividad, incluso cierta alegría, pero dejemos eso por ahora. Y cuentame ¿qué es de tu vida?—

— Soy Administrador y Contador...—

—Si y muy malo.—

—Publico señor..., no de cuentos—

—¡Ah!, con dos carreras. Productivo el camarada.—

—¿Y de qué circo salió usted?—

—Sereno muchacho. De ningún circo. Yo fui un mester de juglaría de la modernidad. Pero no sé si escuchó alguna vez que al loco la pena lo vuelve cuerdo...

—Eso sí me causo gracia ¿Hace programas de computadoras para hacer reír a las personas?—

—No. A ser verdad no. No es ese mi menester. Hace tanto que no veo una maquina.—

—¿No hay maquinas en este lugar?—

— En la montaña, cuando llegue, él debe de tener.—

— ¿Quién es él?—

— ¿No que lo recuerdas todo? Tampoco recuerdas a quién le gustan los transportes sin órganos. Estás mal muchacho. Además eres arrogante. El camino tal cual como lo ha marcado la terracería te llevará a la montaña, pero para llegar allí primero tienes que encontrar un fin...

— Quizá desde que se fue..., soy—

— ¡Ajá!, penas del alma. Por eso no escuchas lo que te digo... Planteate un fin muchacho. Te falta hallar a otros seres sin nombre en el camino.—

—¿Tú no tienes nombre entonces?—

— No me hace falta—

—¿Y cómo se refieren a ti?—

—¿Sabes silbar? Hay un hombre más adelante que sólo sabe silbar. Es lo único que recuerda hacer.—

— No me respondiste ¿Cuál es tu nombre?—

— ¿Quién es ella?—

— Si no me dices tu nombre, no te digo su nombre—

— ¡Chantajistas conmigo! ¿Ya ves porqué me volví asceta...? El que se ríe de uno se ríe de todos.

— Tendrás que contarle a la mujer del cerezo lo que te pasa. Ella te aconsejará.—

— No suelo hablar con otras mujeres de mis sentimientos pasados. Me vulnera.—

— Muy mal muchacho, muy mal. Ellas podrían tener alguna historia similar..., y ellas suelen ser más sensibles para esas cosas... Quizá soy romántico, o mal trovador, pero así es. Además siempre es bueno ver el otro lado de la moneda.—

— Pero es probable que termine acostándome con ella si se lo cuento.—

— ¿No puedes conversar con una mujer sin poseerla?—

— Así es—

— ¡Grave! Pues de todos modos tendrás que hablar con la mujer de los cerezos—

—¿Y porqué?—

— Lo irremediable muchacho, lo irremediable. Debes descargar tu historia. Pero no soy yo el apto para saberla—

—¿Cómo estás tan seguro?—

"Érase una vez una ella que quería enamorarse, pero era difícil ya que vivía en lo abstracto del aire, de donde los hombres de tierra escapan la mirada."—

—¿Quién es ella y porqué cantas?—

—Ella es cualquiera y canto porque sí..., una canción que recién me acordó o inventé, no lo sé..., ¿para todo necesitas una razón?—

— Es absurdo—

— Tienes mucho que aprender muchacho. ¡No eres más que un personaje aquí!—

— ¡Un personaje!, pero si soy un ser humano—

— ¿Y un ser humano no es personaje de una sociedad, de un sistema... El capitalismo, la banca, las empresas, las organizaciones civiles.?—

— No. Un personaje es alguien que no existe. Una corporación si existe.—

— ¿Tu crees? Yo soy de carne y hueso, o al menos así creo que me percibes, y puedo inventar que alguien en un trolebus piensa en ese aparato como un sistema sin órganos. Y quizás ese alguien puede delimitar que yo sea un bufón ¿Quién es el personaje de quién? Deberías volverte contador de historias. Aunque no confiaría mucho en ti. Serías parco y dibujarías como tantos un mundo enajenado. Pero ¿nunca te has preguntado si a quien escribe no le pase que a veces sus personajes lo hagan a él, tanto como él o ella los hace a ellos? ¿No podría algún personaje, antes de trazar su dialogo definitivo en un papel, o una maquina de las que tu conoces, conversar con su autor, hacerlo reír en sus adentros, hacerlo reflexionar sobre sus mejores diálogos. Nunca leíste a Pirandello? Bueno. Yo creo que el escritor también es un personaje de sus personajes. —

— ¿Entonces yo soy un personaje de un escritor?—

— No, el escritor es también personaje—

— ¡Con un carajo no te entiendo! He dedicado mi vida al trabajo y al trabajo y al trabajo y al traba... Y a veces a..., a veces a ella...—

— ¡Eh!, tranquilo... No te me proyectes... No sé como no me has sacado de quicio en verdad. Uno se topa cada bufón en esta vida, pero a la inversa... Te diría que te acompañaba en tu camino. Yo alguna vez intenté ser poeta. No hay bufón al que no le pase, pero termina siendo bufón cuando las palabras no se le dan como el quiere..., por eso ya sólo medito. Y sí, muchas veces, cuando llegué a narrar, me hicieron a mí mis personajes. Pero de eso sabrás más en la montaña... Pero antes si tanto sabes administrar, deberás gestionarte un final que te haga seguir caminando o no cabrás en éste sistema, si es que se puede llamárselo tal.—

— Sigo sin entenderte—

— No debes entender nada muchacho. A partir de ahora si es que recuerdas que en alguna parte se está llevando a cabo el año 2009 y el siguiente Ruec, empezará el año nuevo tibetano, si recuerdas que en tu mundo, occidente empieza el año en el mes Yu...,y...—

— ¡Para! Esos nombres fueron los que burlonamente le di a los días que conozco yo y..., ¿cómo los sabes tú?—

— Aquí "nadie" recuerda nada de lo que tu recuerdas, yo soy la excepción aunque parezca contradictorio a lo que soy, y en eso quizá tengas razón en la forma en que me jusgaste al principio. Sólo soy el bufón de un asceta. La verdad duele camarada. Pero tú no recuerdas nada de aquí... Yo sé que así llamas tú a los nombres de los días y meses aquí... Necesitas tus series anuales para existir, ¿y no eres entonces dependiente a un sistema que te hece humano? Sabría que así me entenderías.—

— Pero si no te conocía..., ¿cómo es qué...? Esto es demasiado complicado para mí, demasiado. —

— Es más sencillo que lo que te ha complicado siempre, pero quizá sólo debas soltar un poco... Calma, encontrarás tarde o temprano, y a su momento tu recorrido aquí.—

— Y no regirá "alguien" mi decisión como me dijiste—

— No seas paranoico muchacho. Te he hecho dudar y no era mi intención. A ser verdad todo esto ha sido parte parte de la mi función del día de hoy, incluido tú sin darte cuenta. Por eso te decía que eras mi personaje. Ahora eres Cirro de nuevo. Y yo sigo y seguiré riendo ¿Escuchas el reír de los árboles? Vaya que eres tu el único que no se ríe. Te ves consternado y eso no te llevará a la montaña. ¡Quédate hoy en la caverna donde vivo! Quizá otro paraje te pinte mejor el rostro.—

sábado, 7 de febrero de 2009

Tercer paraje de los días sin nombre

A Luis Eduardo

Cuando era niña los trolebuses eran un granizado hecho con fruta que comía en Mérida. Mucho tiempo después fui a La Reina de Montejo a tomar un trolebus como quien quiere recobrar un sabor lejano. Es bello descubrir que el gusto de la infancia no siempre muda con la edad. Alguna vez estando en Colombia le preguntaron a un mexicano si seguía habiendo trolebuses. Aquel hombre dijo que no. Yo expresé lo contrario pero siempre es más fácil creerle al otro al que le preguntaste, igual y por el hecho de haberle confiado una posible respuesta. Ese día caí en la cuenta de que nunca me había subido a uno, sólo los había visto pasar y perderse entre el resto de los coches y camiones "comunes". Finalmente lo que había defendido aquel hombre en Colombia era cierto. —Existen, pero no tienen un lugar propio en la ciudad. Supuestamente deberían tener un canal de circulación propio, sin que ningún otro vehículo pase por donde él pasa, y no es así. El trolebus electrico se ha perdido entre las ruedas.—
Ahora tenía una nueva curiosidad: conocía el sabor de un trolebus, pero no sabía lo que era viajar en él. No son las mismas imágenes internas las que se dan en el metro, a las del camión, a las del metrobus, a las del tren ligero, a las del trolebus. Aún no conozco el suburbano. Quizá haya más similitud en los tres primeros, pero el tren ligero y el trolebus son especiales. Cuando aún no había subido a un trolebus en mi vida, quería subirme a uno. La idea me causaba una emoción singular, mayor que la de subirme a cualquier juego mecánico en la feria. Ocurría que mi ruta no coincidía con la del trolebus. Mucho tiempo después comencé a bailar, y mis clases coincidían con la ruta, pero olvidaba que aquél extraño trasporte con una correa metálica ligada a un trasformador en una extraña pero apasionada relación, tiene paradas precisas. La primera vez que subí al trolebus sentí un hormigueo en el estómago. Es el único trasporte donde haces penetrar la(s) moneda(s) en una especie de urna blanca en forma de paleta, lo que cambia tu contacto con el aparato desde ese instante. Por principio, te obliga a tener dos pesos, pues los conductores no suelen tener cambio y su labor es mirar hacia enfrente del "programador", apretar una palanquita gracias a la cual las monedas desaparecen tras la faringe de la máquina misteriosamente. Los condutores no hablan demasiado ni tienen a su canchanchán al lado como los camioneros para ir palticando de sus viejas, o a falta de canchanchán con la vieja misma. Los conductores de los troles son serios, parecen robots; finalmente te dan un seguro de viajero: un papel azul y verde que asegura tu vida mientras viajes en el dicho aparato. El más amable de los conductores te dirá que lo conserves para tu seguridad en el viaje.

En una ocasión subí a un trolebus completamente vacío. Me senté en la última fila, en el asiento de en medio y nadie subió hasta mi bajada. Un trolebus vacío da la sensación de que se perderán los días: un esqueleto sin organismo se mueve suavemente y te da un aspecto de la ciudad a la ventana: no un recorrido sino un deslizamiento. Aquél paisaje no brinda nostalgia, sino una leve sonrisa a punto de definirse por completo. Como si esa soledad, donde tan distante el conductor incluso él es un fantasma, fuera una revelación ¿Qué pasaría si no hubiera días? ¿Si hubiera un día entre domingo y lunes? Viajar en trolebus siempre me ha dado otra perspectiva del espacio, de mis pensamientos. Es sábado. Esta vez hay mucha gente. Pienso en la forma de centrarme de alguna manera, se me ocurren ejes, planos, mi ser como el rector del espacio que no es precisamente el que rodea sino el propio ¿cómo ser tu propio eje? Quizá sea la electricidad la que conduce así la maquinaria de lo que ordeno. Pocos transportes son conducidos por la electricidad. Eso da cierta sensación de vuelo. Los recuerdos tarde o temprano deslizan a otra parte...

Allí, apremia el existencialismo —pienso— Demasiado miedo al olvido, pero también a la compañía. Una caminata para encontrar lo perdido... —Quizá le hace falta dejar de preocuparse por la existencia...— Eso le dirá el exbufón, sentado en loto, tras haber agsotado todas las risas ajenas, y descubrir que le hacía falta reírse a sí mismo. Entonces se volvió asceta y olvidó que habían olvidado los hombres —Río todo el día y sigo riendo—. Así supo que la felicidad es reír sin saber por qué. Dejar que el río corra sin preguntarle al agua por qué.