domingo, 7 de febrero de 2010

La edad del Sol

Las soledades vividas equivalen las edades del Sol,
al decirlo tiembla ser adentro, quiebra medio ser;
no la parte en dos la grieta,
deja una barranca donde entra el silbido del viento
y la lluvia forma una cañada al erosionarse las rocas.

Empieza la conformación de la nueva era.
La tierra no se define con libertad,
cuestionan los designios la luz,
aquella que entró hasta iluminar el fondo.

No son demonios, son pensamientos
seres que maldicen su corazón,
recuerdan.
Es su propio ser que intenta cubrir la barranca;
en ella han nacido peces,
crecen flores y árboles silvestres,
caminan pequeños animales.

Lamió sus heridas, las que quedaron tras el deslave,
asomó su rostro al precipicio, la luz giraba hasta el fondo
descendiendo en espiral hasta tocar el espacio naciente.

Bajó lento las rocas hasta el claro del agua
¿Quién eres tú?, no eres yo,
ondeó la imagen fluída.
¿Quién eres tú?, no yo,
ondeó la imágen de linfa.
¿Acaso existes tú, acaso?

Miró a los peces, los animales,
el deslave en los muslos.
Miró el abismo recorrido
¿Quién eres?

Silencio, la cañada extiende su canto.
Mira los animales, los peces,
el viento ligero distiende la espesura.

Vuelve a buscar aquél rostro
el claro es nítido, trasparente,
sin faz, máscara o fisura,
en él no se refleja nada,
ni tu, ni yo, ni persona.

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